De parto: El nacimiento de una Estrella

Acabo de asistir al nacimiento de mi hija Estrella, una de las experiencias que más me han marcado en toda mi vida y que más cosas me han enseñado acerca del mundo en que vivimos, de la naturaleza humana y, sobre todo, de la mujer. También me ha hecho ser consciente de cómo algo tan básico para la perpetuación de nuestra especie desde tiempos inmemoriales como son la concepción, gestación y nacimiento de un nuevo individuo son, al mismo tiempo, el más maravilloso milagro de la vida que, como seres humanos, seremos jamás capaces de contemplar. Pienso ahora mismo con una veneración casi mística en la Lucy de los Afar. La imagino vagando sin fin por las sabanas pleistocénicas y luego dando a luz bajo un inmenso cielo estrellado al amparo de una hoguera, quizá celosamente custodiada por el resto de la tribu. Pienso en todas las Lucys que se han sucedido desde entonces y en las que hubo antes. Pienso en la Lucy de los metazoos, madre también de todos nosotros, nadando en el mar precámbrico de Burgess Shale. Siguiendo ese impulso, ineludible casi, de crear vida a partir de uno mismo que nos acompaña a todos desde el origen mismo del primer procariota en los mares arcaicos. Y pienso también, por qué no, en el nacimiento del Universo y el Big-Bang. ¡Qué incontable cantidad de maravillas se esconden tras un nacimiento! Y eso que “sólo” es el comienzo…

Sirva esto que escribo como tributo a las dos protagonistas de esta historia, la madre de la Estrella y Estrellita.

Durante los nueve meses que duró el embarazo me preparé para ese momento en que, por fin, mi hija haría acto de presencia en este mundo. Hice lo único que probablemente, como hombre, podía hacer: prepararme para ser compañero durante el embarazo y parto de mi pareja y padre amante desde el minuto uno en que Estrellita asomara su cabecita. Me preparé para adoptar ese papel secundario que pocas veces los hombres nos resignamos a tomar. Para ello, leí y releí el libro de Penny Simkim, “The birth partner”, que, si ya me pareció sensacional mientras lo leía, en retrospectiva me parece un libro fundamental y sin cuya lectura no hubiera podido afrontar de la misma manera ninguno o casi ninguno de los acontecimientos que, más adelante, se desencadenarían durante el pre-parto y parto.

Mi pareja y yo somos personas normales. Y con normales quiero decir sanas. Nos preocupamos de nuestra alimentación y procuramos llevar un estilo de vida acorde a nuestro respeto por la naturaleza y otras formas de vida y, por tanto, desde un principio nos planteamos un parto natural no medicalizado. Además, pensábamos que, de esta manera, le estábamos ofreciendo a nuestra hija las mejores condiciones de partida para comenzar su nueva vida en el mundo exterior: no exposición a medicamentos de forma innecesaria; libertad para decidir cuándo nacer y, por tanto, madurar correctamente, sin prisas; y paso por el canal del parto e inoculación con las comunidades microbianas allí presentes, que otorgan protección frente a patógenos, algo de lo que muchos de los médicos con los que hablamos ni siquiera eran conscientes. También sabíamos que en un parto no intervenido o de baja intervención la recuperación de la mujer tras el parto es infinitamente más rápida, lo cual es clave para iniciar la lactancia sin dolores y complicaciones añadidas. Entendimiento de la naturaleza frente a dominación. Respeto de los límites de uno mismo y derecho a escuchar las señales que provienen del propio cuerpo frente a los oídos sordos que se esconden tras la mentalidad que pone fe ciega en la tecnología y los medicamentos mientras que olvida que nosotros mismos somos el resultado de más de tres mil millones de años de evolución conjunta con el resto de seres vivos. Y que nadie me malentienda, estoy cien por cien a favor del desarrollo tecnológico y del avance médico en todas las disciplinas, pero lo estoy aún más del respeto a la salud como derecho básico universal, sin el cual los primeros no tienen para mi sentido.

Como ya he dicho, decidí hacer todo lo que estuviera en mis manos para ayudar a mi pareja a lograr este objetivo de parir de forma natural en una sociedad en la que, pronto nos dimos cuenta, no está demasiado bien visto manifestar públicamente tu derecho a parir con dolor. De hecho, descubrí durante ese proceso de “preparación al parto” que yo mismo llevé en paralelo al de mi pareja, que apenas sabía nada acerca del embarazo, los cambios físicos, bioquímicos y emocionales que suceden en el cuerpo de una mujer o lo que esto implica. Ser consciente de este desconocimiento sobre un proceso tan elemental para la perpetuación de nuestra especie como el de la creación y nacimiento al mundo de una nueva vida, más aún con mi formación cómo biólogo y ecólogo de ecosistemas, me hizo preguntarme muchas cosas acerca de una sociedad, la nuestra, en la que algo tan normal, a la vez que maravilloso, queda escondido del dominio público, como si evitáramos contagiarnos de algún tipo de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto hasta que dicho contacto sea inevitable. ¿Por qué íbamos a preocuparnos de nada de esto antes de que nos llegue, o no, el momento de pensar en ello? Esa era, de hecho, la visión que yo, inconscientemente también tenía del embarazo y del mundo de la paternidad en general y, por supuesto, nunca había prestado excesiva atención a todas esas embarazas que veía por la calle que, al igual que para tantos otros, no eran para mí más que bichos raros que por alguna razón incomprensible habían decidido (¿quizá por accidente?) abandonar el individualismo más acérrimo propio de nuestra sociedad postmoderna para ceder su cuerpo a un ser hasta entonces desconocido para ellas. Por supuesto, hasta ese momento tampoco era consciente de cómo el embarazo en nuestra sociedad, incluso el derecho a no estar embarazada, por la razón que sea, le ha sido arrebatado a las mujeres.

Por todas estas razones, y tras escuchar testimonios y recibir consejos de otras madres, decidimos buscar un hospital que apoyara nuestra manera de concebir el parto: un parto respetado. Por eso decidimos cambiar el expediente de mi mujer de La Paz, nuestro hospital de zona, al hospital de Torrejón. Muchos, incluidos nuestros familiares, se echaban las manos a la cabeza. “Pero, ¿y si pasa algo? La Paz es el mejor hospital si hay algún problema”. Como ya he dicho, nosotros somos personas sanas. Ni fumamos, ni bebemos, ni tenemos sobrepeso y, además, nos alimentamos bien y hacemos deporte. Por si fuera poco, el embarazo de mi mujer era de bajo riesgo en todos los sentidos, pues nuestra bebé estaba también en perfectas condiciones y ya bien colocada desde la semana 37. Por eso pensamos que dar a luz en hospital como La Paz con la mente puesta en que “a lo mejor pasaba algo” era algo así como matar moscas a cañonazos. Lo que, además, alimentaría un miedo arcano e irracional ante lo desconocido que a mí no me hacía sentir demasiado bien. Además, ¿por qué iba a suceder algo? Ni siquiera estábamos planteando un parto en casa o en una casa de partos; seguiríamos yendo a un hospital, como bien mandan los cánones de nuestra sociedad. Algo que, de hecho, agradecimos posteriormente debido a ciertas complicaciones que surgieron durante el parto.

En cualquier caso, me gustaría dejar constancia de que, aun así, fuimos a la charla de presentación de nuestro hospital de zona y también de las impresiones que me quedaron de ésta. Nos encontramos con que la sesión estaba divida en dos partes. Una primera en la que el jefe del servicio de anestesistas, un señor mayor con aspecto de “respetable padre de todos los niños y madres del mundo”, nos hacía un alegato en favor de la epidural como una de las principales maneras de humanizar el parto. “Cuando os pongáis la epidural…”. “En el momento en que digáis que queréis la epidural…”. Al final de la presentación, en la que el hombre desgranó uno a uno los beneficios de un parto con epidural, sin detenerse en ningún momento en los posibles contras, incluidos la privación de sentir un “dolor de vida” que indica la llegada del hijo que la mujer ha llevado en su vientre por nueve meses, hubo turno de preguntas que yo no dudé en aprovechar. A mí su charla me había despejado muy poco las dudas que traía de casa acerca de los riesgos de la epidural. Una opción válida y completamente respetable pero que, desde mi punto de vista, cuando se considera con tanta naturalidad, puede parecerse peligrosamente a ese deseo de nuestra sociedad de dominar a la naturaleza, a la Madre Tierra, de no querer escucharla, de pretender salirse de ella y explotarla, y que nos ha llevado al cambio climático y a los grandes desastres medioambientales. Así pues, pregunté en qué debería fijarse una mujer para decidir entre si debía ponerse la epidural o no y los riesgos asociados. La respuesta del hombre fue más bien evasiva y yo, al final, me quedé igual que estaba, por lo que mi conclusión por descarte fue que su opinión era poco menos que si eres mujer y decides que quieres sentir lo que han sentido las mujeres desde el comienzo de los tiempos es que debes de estar loca.

Después de esta charla le tocó el turno a una matrona que nos habló del lado más humano del parto, de la mujer y el bebé que, al fin y al cabo, son los únicos protagonistas. No el médico. De hecho, ella se justificó en más de una ocasión diciendo que la planta de maternidad en La Paz había cambiado mucho en los últimos años. Luego nos subieron a paritorio, en donde constatamos cómo efectivamente la única manera de parir en este hospital es en una cama. Adaptable a diferentes posiciones, eso sí, pero cama al fin y al cabo. Muy lejos está todavía el derecho de la mujer a decidir en qué manera quiere parir. A cuatro patas, de cuclillas, en una silla de parto, como sea, siempre y cuando sea favorable para el nacimiento del bebé y la mujer se sienta cómoda con ella. Las mujeres llevan haciendo esto durante más de dos millones de años, por lo que seguro que los médicos que llevan atendiéndolas desde aproximadamente un siglo tienen algo que aprender de sus instintos. Quizá las parteras de toda la vida de los pueblos nativos de diferentes lugares del mundo también tengan algo importante que aportar en este asunto.

Después de un embarazo estupendo en que mi mujer estuvo yendo a la piscina y haciendo deporte hasta prácticamente la última semana, no nos imaginábamos lo que nos iba a suceder. Pese a que sabíamos que lo único previsible en un parto es lo imprevisible, uno no se da cuenta hasta qué punto no está preparado para lo que va a suceder hasta que, de hecho, sucede. El caso es que una semana antes de salir de cuentas, mi mujer empezó a tener pródromos de parto que, para quién no sepa lo que son, son esas contracciones que van preparando el cuello del útero para cuando la mujer se ponga de parto. También se llaman contracciones de Braxton Hicks. No todas las mujeres las tienen o las sienten y, por muy raro que me parezca ahora, nunca había oído hablar de ellas antes de comenzar mi proceso de preparación. El primer día que las tuvo fueron bastante llevaderas. Por la noche estuvimos contando contracciones y, aunque no estábamos muy seguros, decidimos ir al hospital por si acaso estaba de parto. Típico caso de los padres primerizos. En resumen, nos dijeron que, aunque sí que tenía contracciones, éstas no eran lo suficientemente regulares y el cuello del útero no estaba dilatado. Vamos, que no estaba de parto. Un poco decepcionados, nos volvimos a casa. El problema fue que a partir del día siguiente las contracciones se intensificaron y mi mujer empezó a estar muy molesta. Llené hojas y hojas de contracciones, con su duración e intervalo, a modo de interminables tablas. Cuando a la noche siguiente, mi mujer ya no podía aguantar más, decidimos volver al hospital, con el mismo resultado de la noche anterior. De vuelta a casa, mi mujer empezó a sentirse cada vez más cansada, a la vez que los dolores de las contracciones se hacían cada vez más insoportables. Yo tuve ocasión de aplicar todo tipo de técnicas y masajes que había aprendido durante mis lecturas y mi atención a las clases de preparación al parto de Rosa, la matrona en el centro médico de Tres Cantos. Matrona a la que, por cierto, estamos enormemente agradecidos por la atención recibida y el cariño mostrado, pero, sobre todo, por el compromiso con devolver, o simplemente reforzar, a las madres en la confianza en sí mismas, antes del parto y también después con el grupo de lactancia. Viendo trabajar a profesionales así uno se da cuenta de que, efectivamente, no todo está perdido en estos tiempos convulsos en los que vivimos. Tampoco en el sector público y en la sanidad. Vaya desde aquí también un pequeño tributo a muchos profesionales que, como Rosa y Alejandro, matrono también por aquellos días en nuestro centro de salud, contribuyen con su quehacer diario a que este país nuestro y, por extensión, el mundo, sean cada día un poquito mejor.

Volviendo al tema del parto, sólo me queda explicar cómo se desencadenó todo. Seré lo más breve posible en esta parte, pues no es mi intención detallar aspectos personales más de lo que ya he hecho. El caso es que llegamos al hospital de madrugada y, como era ya costumbre, comprobaron el estado de dilatación del útero de mi mujer y la llevaron a monitores. Después de una hora con el monitor puesto, nos dijeron lo que ya nos imaginábamos, que aún no estaba de parto, pero que todo parecía estar bien. ¡Qué chasco! Sin embargo, los dolores de Lilia hicieron que finalmente tomáramos la decisión de quedarnos. Eran ya las cinco o seis de la madrugada del catorce de marzo. Para el que no lo sepa, pedir que te ingresen cuando uno no está de parto implica que si éste no progresa de forma natural como debería, el equipo médico tiene que tomar medidas que aseguren que éste se produzca en un plazo de tiempo no superior a unas veinticuatro horas. Después de dormir alrededor de una hora en el paritorio, empezamos ambos a caminar por la habitación y a aplicar técnicas de acupresión en ciertos puntos del cuerpo para tratar de desencadenar el parto sin necesidad de intervención externa. Pero no sirvió de mucho. A eso de las nueve de la mañana, los médicos decidieron que había que romper la bolsa y esperar a ver si eso, unido a la presión ejercida del propio bebé sobre el cuello del útero, desencadenaba el parto. Aquí me gustaría hacer una breve aclaración para explicar que sólo en aproximadamente un diez por ciento de los casos el parto se desencadena tras rotura de bolsa, frente a la creencia generalizada de que la rotura de bolsa y salida en tromba del líquido amniótico es siempre la señal de que el parto se acerca. De hecho, un niño puede nacer perfectamente dentro de la bolsa, ¿por qué no iba a ser así?

Como decía, la matrona procedió a romper la bolsa. El líquido amniótico estaba un poquito manchado de meconio, lo que puso a los médicos en preaviso. A todo esto, mi mujer seguía con unos dolores horribles y sin poder ir al baño, que había sido su gran queja durante los últimos días. Como la presión de la cabeza del bebé sobre la zona perineal hace que la mujer tenga sensación casi constante de querer ir al baño, aunque no lo necesite, nadie le había dado importancia a esto durante los días anteriores. Sin embargo, después de suplicar, ya casi con desesperación, que la ayudaran a hacer pis y ponerle un catéter para vaciarle la vejiga, se dieron cuenta de que tenía acumulado más de un litro de orina. Y, curiosamente, casi por arte de magia, esos dolores tan fuertes de las contracciones empezaron a ser mucho más llevaderos. ¿Y si resulta que todo se debía a que la niña estaba oprimiendo la vejiga de tal modo que mi mujer no podía ir al baño y eso hacía que los dolores de la contracción se amplificaran hasta resultar casi insoportables? Pero eso ya daba igual, pues ya estábamos metidos completamente en faena.

A la rotura de bolsa siguió la oxitocina y los líquidos intravenosos. Tras varias horas en paritorio con niveles cada vez más altos de oxitocina llegamos a los nueve centímetros. ¡Qué alivio, nos creíamos que ya casi lo teníamos! Por desgracia, la matrona nos explicó que, aunque efectivamente los nueve centímetros estaban ahí, con cada contracción el útero se cerraba y quedaba en unos cinco. Ante esto nos ofrecieron ponerle la epidural, no para aliviarle de los dolores, que con las contracciones inducidas por la oxitocina y la acumulación de más líquido se habían vuelto a intensificar, sino para tratar de relajar el cuello del útero. Esta era nuestra opción para lograr un parto vaginal. La alternativa era una cesárea. Accedimos a la epidural. La cuesta abajo ya era imposible de frenar.

Después de alguna hora más con la epidural, y un pequeño percance de por medio en que Lilia volvió a pasar de nuevo por una fase de dolor pues, no sabemos muy bien cómo, el catéter de la anestesia acabó tirado en el suelo al lado de la cama y el líquido desparramándose (¡suerte que estuve ahí para darme cuenta!), nos tocó el turno de descansar un rato. Los diez centímetros ya estaban ahí y ahora era importante recuperar fuerzas para el expulsivo. Pero, ¿qué más nos podía suceder?

Los pujos empezaron a eso de las cinco y media de la mañana del quince de marzo, casualmente el día en que Lilia salía de cuentas. En cama, y ayudada por una matrona, su asistente y, en lo que se podía, por mí, Lilia se dedicó a poner todo de su parte para que la niña saliera, pero empezaba desde el primero de cuatro escalones. ¡Por fin Estrellita se empezaba a dejar ver y su pelito moreno asomaba por el canal del parto para, sólo instantes después, volver a desaparecer! ¡Qué emoción experimenté en ese momento en que vi a mi hija por vez primera! ¡Y que imagen la de mi mujer sabiendo que lo estaba haciendo muy bien y que estaba haciendo todo lo humanamente posible para que la niña naciera!

Este fue, de hecho, el momento que posiblemente más haya determinado que quisiera relatar nuestra experiencia. Creo que jamás podré olvidar la mirada y la sonrisa cargadas de satisfacción y de felicidad, pero sobre todo de orgullo y de fuerza, de Lilia durante esos últimos empujones antes de que la niña saliera por fin al mundo exterior. En ese momento sentí que todo había merecido la pena y entendí el poder, muchas veces oculto, que se esconde tras una mujer. Entendí el origen de esa fuerza enorme. Una fuerza que es capaz de asustar como si se tratara de un niño desvalido a cualquier hombretón que se precie. ¿Será por eso por lo que nos asusta tanto sabernos hijos de la tierra, hasta el mismísimo punto de negarlo? En cualquier caso, disculpadme, por favor, sino me detengo demasiado en describir minuciosamente este momento precioso, pero es que no tengo palabras para retratar como se merece una imagen que ya guardo para siempre en mi memoria como a uno de mis más apreciados tesoros.

Pero sí, aún hay más. “¿Cómo?”, me diréis, seguramente sorprendidos. Seguid leyendo, por favor. En ese momento en que yo andaba absorto contemplando la cara de mi mujer y su empoderamiento, ya habían pasado más de veinticuatro horas desde que ingresara. Eran casi las siete y media de la mañana. Dado que el nacimiento era inminente y había aparecido meconio en el líquido amniótico, la auxiliar fue a buscar al pediatra, que debía estar presente durante el nacimiento. De repente, todo se precipitó. La niña no salía y hubo que hacer episotomía. Cuando por fin salió la pusieron encima de Lilia y… se resbalaba. ¡La niña no se movía ni respiraba! El pediatra se la llevó corriendo a una pequeña camilla que había en el paritorio donde empezaron a hacerle vigorosos masajes, a darle calor y a insuflarle oxígeno casi con desesperación. En ese instante, yo me aparté del lado de Lilia para ir a donde estaba mi hija y lo único que se me ocurrió hacer fue ponerme a cantar en un tono que casi sonaba a súplica una canción sefardita que ella había oído ya infinidad de veces durante las cuarenta semanas que había pasado en la tripa. “Dame la mano mi paloma…”. No puedo decir cuánto duro esto ni sabría expresar todo lo que sentí en aquel momento. El caso es que en un momento dado la niña empezó a moverse y a respirar y los médicos parece que se tranquilizaron un poco. ¿Estaría bien?

En ese momento, volví mi cara hacia donde estaba Lilia y pude ver como una legión de médicos y enfermeros se echaba sobre ella tratando de detener una hemorragia que tenía su origen en que su útero no se había contraído adecuadamente después del alumbramiento, que es cuando sale la placenta. Fortísimos masajes en la zona abdominal y aplicación de compresas dieron paso a la inyección de factores de coagulación. Nada de esto surtió efecto y, aunque tuvo la ocasión de ver cómo Estrellita parecía recuperada (¡de hecho, ya en ese momento estaba preciosa!), se la llevaron urgentemente al quirófano, donde le pusieron un balón de Bakri.

Tras este momento de caos, terminé quedándome sólo haciendo el piel con piel con Estrellita. Recuerdo ese momento con un bebé recién nacido en mis brazos como una mezcla de sentimientos extraña en la que todos y cada uno ellos pugnaban por salir de forma desordenada. Recuerdo también el impulso casi frenético de Estrellita por buscar donde mamar y como se comía su manita, y hasta su piececito, con el fin de calmar sus ansiar de agarrarse al pezón materno. También recuerdo como me sonrió. En ese momento no sabía qué hacer y le canté de nuevo. Le canté Palabras para Julia, el poema de José Agustín Goytisolo. Era una alegre advertencia: “Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable…”. Lloré. Al poco me con confirmaron que todo parecía estar bien con respecto a la niña y esperé, impaciente, noticias sobre Lilia. Parece que todo había salido bien y pronto nos llevarían a los dos a la sala de reanimación a verla y pondrían a la niña sobre su pecho para que mamara. Al poco nos pasaron a planta, donde estuvimos dos días y medio hasta que nos dieron el alta médica y, a partir de aquí, todo es historia. O, más bien diría, esta es otra historia…

No quiero dejar, sin embargo, dejar pasar la oportunidad de agradecer de todo corazón al personal del hospital de Torrejón que han hecho posible que mi mujer y mi hija estén hoy vivas y cada día más hermosas: Davinia, Bea, Marta, Carmen, Lydia, así como el pediatra, las ginecólogas y todos aquellas matronas y auxiliares que, de una manera o de otra, estuvieron a nuestro lado. También a las enfermeras y enfermeros que más tarde nos atendieron en planta y nos enseñaron por vez primera a cambiar pañales, a dar el pecho o a bañar a la niña. Sobre todo a Paco por su amabilidad. ¡Gracias!

Como no me quiero extender más con detalles sobre mi paternidad, me gustaría aprovechar estas últimas líneas que escribo para dejar algunas reflexiones, algunas de las cuales están bastante influidas por mis lecturas de libros como el de “Madres en red, del lavadero a la blogosfera” de Mariona Visa y Cira Crespo, el mencionado “The birth partner”, o incluso “El mundo hasta ayer” de Jared Diamond.

Bueno, pues efectivamente muchas de los acontecimientos que he ido explicando aquí son, trascendiendo mi caso personal, hechos bastante cotidianos que, probablemente hasta hace no mucho debían ser de mayor difusión general, al menos entre grupos de mujeres cuyo continuo contacto entre sí en sociedades más comunales que la nuestra permitiría que los conocimientos sobre algo tan básico para la perpetuación de nuestra especie se transmitieran de madre a hija, de abuela a hija, de suegra a nuera, etcétera. Sin embargo, tal y como argumentan Mariona y Cira en su libro, la sociedad moderna ha tenido como resultado un aislamiento de la mujer del resto de las suyas, pues ésta quedaba relegada a cuidar de la familia y la casa en un piso en donde el mantenimiento de lazos sociales fuertes con otras mujeres en su misma situación se hacía muy complicado, así como en una toma violenta casi del poder sobre ellas por parte del elemento masculino de la sociedad, lo que las ha llevado durante los últimos poco más de cien años a seguir consejos peregrinos, a veces hasta crueles, de médicos hombres que no eran capaces de entender, ¡cuanto menos de mostrar la sensibilidad adecuada!, a sus pacientes mujeres.

Igualmente relevante me parece destacar la importancia de que exista un compañero de parto que sea cómplice de la madre durante todo el proceso, sobre todo en los momentos en los que ésta es más vulnerable y en los que, por tanto, es más susceptible de seguir consejos poco adecuados para ella o, simplemente, poco o nada acordes a su estilo de vida y manera de pensar. Los deseos de una embarazada y una parturienta deben de ser, cuando menos, considerados y siempre que sea posible tenidos en cuenta. Siempre teniendo en mente que una madre y un compañero de parto bien preparados deben permanecer abiertos y flexibles ante la posibilidad de cualquier eventualidad y nunca poner en riesgo la salud de la madre y/o el bebé con sus decisiones. En casos de urgencia médica, creo que lo mejor es, como sucedió en mi caso, encomendarse a los profesionales. Fuera de ese escenario, recomendaría preparar un plan de parto, al menos como ejercicio con el que obligarnos a pensar acerca de nuestras preferencias personales y lo que queremos para nuestro bebé.

Por otro lado, me parece interesante destacar todo lo que he aprendido acerca de la importancia de la crianza con apego y la lactancia materna como fuente de alimentación exclusiva al menos hasta los seis meses de edad para favorecer un desarrollo físico y mental lo más saludable posible en nuestro bebé. No se me ocurre pensar en ninguna sociedad preindustrial, mucho menos tribal, en la que el bebé no estuviera constantemente en contacto directo o en la cercanía de su madre durante los primeros años de vida, sin separarse siquiera para dormir, y mamando a demanda. Entiendo que en nuestra sociedad esto supone un problema por la estructura de las casas en que vivimos, fuertemente compartimentalizadas en piezas destinadas a diferentes funciones, entre ellas mantener nuestra propia intimidad dentro de la familia, por la necesidad que tenemos todos de realizarnos como individuos y laboralmente, y por el ritmo frenético con el que afrontamos nuestro día a día, además de por las presiones de casas comerciales que necesitan vender sus productos a costa de lo que sea, entre otras razones. Lejos de mí querer juzgar a nadie por su manera de criar, como espero que nadie nos juzgue a nosotros por las decisiones, equivocadas o acertadas que hemos tomado, tomamos, o tomaremos (gracias de nuevo Rosa por haberme enseñado esta lección tan importante). Sin embargo, la evidencia científica, y mi corta experiencia personal así lo avala, es que un bebé que ha colechado, se ha alimentado de manera exclusiva de leche materna hasta los seis meses (y hasta al menos los dos años de forma mixta), y ha recibido una atención adecuada y, sobre todo, amorosa por parte de sus padres, será más sano y desarrollará de adulto una mayor independencia así como otro tipo de habilidades sociales frente a niños a los que toman fórmula, se les deja llorar, duermen apartados de sus padres, y se les exige que demuestren un comportamiento similar al adulto, fuertemente sesgado por las imposiciones y prejuicios culturales de cada sociedad.

No podía despedirme sin hacer una reflexión un poco más profunda y general de lo que significa para mí toda esta filosofía que acabo de plantearos. Una reflexión que nace de mi doble condición de humano primero y después como ecólogo de ecosistemas que vive en un mundo globalizado y altamente cambiante. Un mundo en que día a día nos vemos asediados por aquellos que quieren tomar el control de nuestras vidas a cambio de un anestésico de cualquier tipo. De aquellos que desean nuestro alienamiento como individuos y como especie. Políticos, lobbies y otros grupos de poder que con sus artimañas nos han llevado a perder nuestra identidad grupal como individuos que forman parte de algo mucho más grande aún que nosotros mismos, a perder nuestro arraigo con la Tierra y nuestra confianza en nuestras habilidades innatas. Toda esta actitud de dominación y explotación ha resultado, como era inevitable, en la actual crisis ambiental a la que nos enfrentamos ahora. Una crisis que se manifiesta en forma de destrucción del territorio, contaminación atmosférica y cambio climático y que tiene sus consecuencias más funestas en la expansión de enfermedades hasta hace muy poco prácticamente desconocidas, en el desarrollo de cada vez más de alergias e intolerancias en bebés y niños, en la existencia de refugiados climáticos, y así un largo etcétera. Sin embargo, si volviéramos la vista adentro y rebuscáramos en nuestro interior, quizá aún podríamos oír esa tímida vocecita que nos impele a respetarnos a nosotros mismos, a cuidar de nuestra propia salud y la de los nuestros sobre las bases de que estar sano es un derecho básico de todo ser humano y no una lotería de la que no podemos escapar. Y claro, un modo de vida realmente sano no se concibe en este escenario de degradación ambiental, pues el cambio climático y la contaminación no conocen de fronteras. Y ya no sirve taparnos los ojos y hacer como que no nos damos cuenta de que hay algunos, muchos, a los que se puede sacrificar para que nosotros sigamos manteniendo un ritmo de vida que, en cualquier caso, nos ha sido impuesto. Respetemos la vida y respetémonos a nosotros mismos a través de hábitos que fomenten aquello que el cuerpo humano mejor sabe hacer, que es regenerarse a sí mismos y crear vida a partir de ésta misma. Desde la educación y el entendimiento de algo tan básico como son la concepción, gestación y nacimiento de un bebé también podemos aportar nuestro granito de arena a la lucha contra lo que ya es hoy día el reto más grande al que la Humanidad en su conjunto se haya enfrentado jamás, el cambio climático.

Sirva esto que he escrito también como mi tributo personal y cariñoso a todas las madres, padres y bebés pasados, presentes y futuros del mundo. Y si, además, he podido ayudar a alguien en el camino, entonces lo daré por más que bien empleado. Por último, si alguien no está de acuerdo con lo que digo, se ha sentido ofendido, o cree que me he dejado algo importante en el tintero, entonces os pido amigos que me perdonéis de antemano y que me dejéis que os cante a vosotros también los famosos versos de Goytisolo, al igual que le canté a Estrellita aquella mañana de un hermoso día quince de marzo de dos mil diecisiete, y es que “tú debes comprender que yo estoy aún en el camino, en el camino”.

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